—A la buena de Dios, señor Ferrus; ¿mas no oís pasos?

—¡Santo cielo! esclamó Ferrus. ¡Ah! sí, es don Enrique, sí, será don Enrique; vete retirando... poco á poco... ¡Jaime! mas despacio; pudiera ser que no fuese él...

Miraba atento Ferrus á la parte de donde provenia el rumor á tiempo que el page, de suyo poco inclinado á esperar aventuras de ninguna especie, y menos de aquella á que él se figuraba pertenecer la que se presentaba, se habia puesto ya en salvamento en la antecámara, donde le parecia que no estaba tan al alcance de los perniciosos efectos de las maléficas redomas que tanto temor le infundian. Santiguábase alli á su placer, y dábase prisa á besar una santa reliquia que en el pecho para tales ocasiones llevaba con mas fervor que besaría un enamorado la blanca mano de su Filis dejada al descuido entre las suyas.

Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que ver alguna desmesurada fantasma ó ridículo endriago que viniese á pedirle cuentas de su mal pasada vida. Abrióse por fin una puerta tan secreta como la que en nuestro capítulo anterior hablando del salon dejamos descrita, y se presentó á los ojos del espantado confidente la persona del mismo don Enrique, á la cual daba cierto aire nada tranquilizador la escena que acababa recientemente de pasar entre él y su desdichada esposa, la de Albornoz.

—¡Maldita tenacidad! entró diciendo con voz iracunda el enojado conde sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden que de esperarle en su cámara le tenia anteriormente conferida. Mal conoce á don Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el camino de sus planes, añadió acercándose á la mesa; resiste, infeliz, resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique de Villena.

—Señor, perdonadme si os he ofendido, esclamó hincándose de hinojos el espantado Ferrus, é interpretando contra sí el sentido de las últimas palabras del conde, únicas que habia oido distintamente. Perdonadme...

—¡Ah! ¿estás ahí? dijo don Enrique volviendo en sí: ¿qué haces en esa postura? ¿rezas? insensato.

—Sí, gran señor, insensato, pero te juro que mi intencion es buena.

—Alza: ¿has perdido el juicio? Bien que nunca le tuviste. Alza, miserable, ¿no sabrás distinguir jamas cuándo es ocasion de farsas, y cuándo no?

—Dios me perdone, dijo levantándose Ferrus; Dios me perdone mis muchos pecados. Dame tus órdenes, y te probará tu esclavo si desconoce la oportunidad de servirte.