—¿Estás solo?
—Solo, con mi miedo, iba á decir el intempestivo juglar, pero el gesto mal encarado de su amo le recordó lo que acababa de decirle en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas débiles. Solo, señor, pronunció titubeando. Jaime es el único que vela en la antecámara.
—Dale las señas de la habitacion del caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava. Que llegue á ella, que dé tres golpes, y que pronuncie mi nombre en voz baja; nada mas. Es señal convenida.
Salió Ferrus á obedecer la orden de su señor, y no tardó mucho en volver á entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comision con el mismo celo de que tantas pruebas tenia dadas.
—En buen hora, Ferrus. Llégate mas cerca y habla bajo. Conozco tu celo, y tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte recompensado mas allá de tus esperanzas, y aun mas allá de lo que tus méritos exigian.
—Estoy harto pagado con el honor de servirte, dijo el astuto juglar.
—Bien, dejemos lisonjas que tú no crees ni yo tampoco: toma esas monedas: cada cornado que aceptas debe pesar mas que plomo en tu bolsillo si piensas faltarme algun dia: del plomo sabria hacer oro si lo hubiese menester; pero tambien del oro sabré hacer fuego si tu conducta...
—Ofendes á Ferrus, señor.
—Quiero creerlo asi: escucha, dame el pergamino que te he confiado. Bien. El maestre de Calatrava ha muerto: esta es la nueva que aqui me dan.
—Dios le haya perdonado, y tenga su alma...