—Ninguno ignoro, y el paso ya le he dado, pero inútilmente; he levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en el mas raro desatino que se pudiera imaginar, ama á su marido y es constante.
—Con todo, es muger.
—Desgraciadamente, como hay pocas.
—¿Es posible?
—Y sin embargo es preciso buscar un medio.
Quedóse un momento pensativo el conde como hombre que busca en su imaginacion agotada algun arbitrio, ó que espera en la inaccion que la casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente desesperado ya de encontrar.
Ferrus discurria en tanto mas de prisa, y aun un buen fisonomista, al ver sus ojos inciertamente fijos en el conde y sus labios moverse por sí solos maquinalmente, hubiera conocido cuán importantes reflexiones ocupaban su cabeza, que era en realidad mejor y mas firme de lo que á él le convenia aparentar. Bajo el velo de una lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaba vastos planes, que sin duda hubiera llegado á realizar si la educacion ignorante que habia recibido en la clase ínfima de la sociedad no le hubiera rodeado de preocupaciones y supersticiones vulgares, que continuamente se atravesaban como obstáculos insuperables en el camino de su ambicion. En una palabra, no era el malvado bastante impío para las exigencias de su ambicion. Ya hacia tiempo que varias conversaciones que habia tenido con el conde le habian iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es de advertir que Villena, acostumbrado á no ver en Ferrus sino un juglar grosero é incapaz de planes para sí, lo tenia á su lado y en su favor con preferencia á cualquier otro: contaba con que era bueno para ejecutar, y á la par incapaz de penetrar los motivos de sus acciones, las cuales no siempre los tenian tan buenos que pudiese él gustar de que por el conducto de algun incauto ó taimado confidente llegase nunca el público á saberlos. Hacíase el conde ademas la doble ilusion tan comun en los hombres, y especialmente en los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Asi que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva de su confidente, contábale sin embargo sus cuitas y hablaba alto delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus mas importantes secretos, con la misma tranquilidad con que deja un moro sus pecados en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si queria Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas que á su entender habia de aprovechar; pero soltábalas como ideas ocurridas al acaso sin plan ni conocimiento, y riéndose el primero de su supuesto desatino: tenia de este modo la habilidad de hacer que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que mas de una vez le hacia él solo adoptar. Las mas veces se contentaba con escuchar, afectando una completa inmovilidad é indiferencia en sus facciones, actitud que le favorecia mucho para no perder una sola palabra; y en estas ocasiones se hubiera creido que don Enrique y su juglar eran un solo ente compuesto de dos personas; la una sublime é inteligente que debia discurrir, hablar y proponer, y la otra material y bruta encargada de escuchar.
En la circunstancia actual revolvia Ferrus aceleradamente en su imaginacion las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le podrian resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de Villena era rico por sí, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de Villena le habia privado de un sin número de castillos y vasallos, y su condado de Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido á tener bajo su jurisdiccion dos ó tres de los mejores montes de oso de toda España. Las posesiones que su muger le habia traido en dote eran pingües, mas nunca habia querido contar con ellas como cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal con la de Albornoz, conocia que tarde ó temprano habia de llegar entre ellos el punto de una eterna separacion, y el caso por consiguiente de restituir lo que solo en calidad de dote habia recibido. Los maestres de las tres órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, eran entonces tres potentados á quienes solo la corona faltaba para poderse llamar reyes. Una infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocian otro dueño, y su inclinacion á cualquier partido hacia un contrapeso casi imposible de vencer por el mismo rey con todo su poder.
Todo esto sabia Ferrus, y bien se le alcanzaba que cuanto creciese en gloria su señor creceria él en poder, y aun ¿quién sabe si habria concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado algun dia caballero, y verse alcaide de alguna fortaleza ó clavero de la orden, ó aun algo mas si el viento le soplaba en popa como hasta la presente le habia felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazon poner de su parte cuantos medios estuviesen á su alcance para derribar el obstáculo que la de Albornoz presentaba á su futura grandeza, sin hacer escrúpulo alguno hasta de perderla si fuese preciso recurrir á medios violentos, que al parecer no debia tener adoptados todavía su agitado esposo. Quiso sin embargo esplorar el campo, y soltar alguna espresion por donde pudiera conocer la firmeza del terreno en que iba á aventurar su pie mal seguro.
—Es preciso buscar un medio, repitió don Enrique despues de otra pausa de inútil reflexion.