—Si mi muger, gran señor, se empeñara en estar casada conmigo á la fuerza, ó me fingiria impotente...
—¿Estás loco? ¿impotente?
—¿Crees, señor, que ella resistiria á esa prueba...? ó... hallaria algun medio para que se quitase ese obstáculo por el mismo término que se nos ha quitado el obstáculo del maestre...
—¿Qué quieres decir...? dijo espantado don Enrique.
—¡Eh! dijo Ferrus, afectando una risa estúpida. Digo que si yo, hablo de mí no mas, si yo supiera hacer del plomo oro como ha un rato me han dicho, tambien sabria hacer de los vivos muertos: y clavó sus ojos en los del conde para esplorar el efecto que habia producido su espresion, bien como el muchacho despues de haber tirado la piedra anda buscando con los ojos en el espacio el punto que debe marcarle el alcance de su tiro.
—Lejos de mí semejante idea; si la separacion es imposible, no seré maestre: pero recurrir á una violencia, nunca: todavía no he manchado con sangre mi diestra; si la intriga no basta no llamaré al puñal ni al veneno en mi socorro.
—¿La intriga...? repitió vagamente el juglar, convencido de que habia aventurado demasiado: ¿sabes, señor, que si me das licencia yo he de encontrar de aqui á poco una intriga que te plazga? Tengo una idea, ya sabes que soy un necio, ó poco menos, pero acaso el espíritu que suele protegerte se valga de este medio grosero é indigno de tu grandeza para poner en tus manos el deseado maestrazgo.
—¿Tú, Ferrus?
—Yo, señor: repito que tengo una idea...
—¿La impotencia de que me has hablado? Cierto que la impotencia es un pretesto escelente: en el último caso... dijo para sí don Enrique, ¿quién se atreveria á probarme lo contrario? ¿Es esa impotencia de que has hablado? ¿ese medio que me pondria en ridículo y...?