—Mejor aun.

—¿Mejor? Habla, Ferrus, habla: te lo mando: me debes tu existencia, tus ideas...

—Y si me engañan mis esperanzas... si...

—Habla de todos modos.

—Si quieres que declare mi proyecto, necesito callar un momento y meditarlo.

—¡Mentecato! ¡necio de mí en creer que de esa cabeza pueda salir una sola idea luminosa!

—¡De esta cabeza! repitió por lo bajo Ferrus: ¡orgulloso conde! ¿quién sabe si de ella saldrá un dia tu ruina? Y añadió en voz alta: si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.

—¿Mio? ¡imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusion y de una quimérica esperanza, juglar, si me haces perder momentos preciosos, ¿qué castigo te sujetas á sufrir?

—La caida de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir; ¿te parece tan ligero? contestó Ferrus con serenidad.

Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al irritado conde. Bien, dijo; te doy permiso: una sola condicion quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre á mí propio que pueda ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu entendimiento: ¿sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi honor? Respeta la primera en la víctima, y el segundo en tu amo; ¿te acomoda esta condicion?