—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.

—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.

—¿De nada?

—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.

—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.

—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.

—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.

—Bien; ¿y Ferrus?

—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?

—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?