—Podemos verle.
—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.
—Eso, señor, pudiera no convenirte.
—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.
A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una larguísima galería se encontraba.
—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, cerrándose tras ellos la puerta.
—¿Y el preso? preguntó Vadillo.
—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, segun ronca tranquilamente.