—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir despues del medio dia.
—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.
—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado de la violencia que con él se ha usado?
—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...
—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
—Voy á advertirle que vuestras señorías...
—Presto, Alvar, presto.
Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.