—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
—Adelante; miserable, acaba.
—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las heridas que el mal enemigo me habia hecho.
—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!
—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.
—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?
—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que habia de hacer contra el diablo en viéndole...
—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.
—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y mejor.