Cancion. de Rom.
Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna, ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse primero y esclamó:
—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...?
Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno, soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y comenzó á dar brincos.
—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero por...?
Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.
—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...
—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos encontrado asi mano á mano con esa columna negra?
—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes nuevas?
—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el que tañía...