—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.




CAPITULO XVI.


Viendo aquesto un moro viejo

que solia adivinar...

suspirando con gran pena,