aquesto fue á razonar.
Canc. de Rom.
Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey de Castilla habia de representar de alli á poco. Llegada la hora, asistió como tenia de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora previniéndole los platos que debia comer y los que solo debia gustar, ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversacion naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y á presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San Francisco, á quien venero particularmente.
—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada la hora del hombre.
Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro mirar, dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera oir de la de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado el cielo detenidamente,—No me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora, que salia como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha presidido tan infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida y presa de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.
—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado condestable; ¡Clemente VII!
—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confia el timon de su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y del Sacro Colegio Romano.
—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento! continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte de vos reprobado...
—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la direccion de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la parte de Calatrava...
—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...?