—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su espíritu al Señor...

—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos.

—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha eclipsado para no volver á lucir jamas.

Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por el alma del difunto maestre.

—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla...

—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas?

—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará de su estancia en estos momentos de luto para su corazon. No he visto, pues, al conde...

—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el alto cargo á que el cielo le destina.

—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que pueda saber nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don Gonzalo...

—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion.