Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia.

—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud... estaba anocheciendo ya...

—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero, pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes os sea posible.

—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...?

—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!

—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de verosimilitud.

—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de Villena...?

—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...

—De todo, Abrahem, de todo.

—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular... ¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las bellas...