—¿Qué decís?
—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad...
—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.
—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...?
—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que recientemente me ha merecido.
—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta?
—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de estarlo?
—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...
—¡Mi caballero!
—Forzosamente ha de serlo.