—No, no es que tema ningun peligro; pero...

—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y los ballesteros...

—Decís bien.

—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en mi habitacion; mi ausencia será corta.

—Eso deseo.

—Tomad, pues, señora, esa bebida.

—¿Pero me respondeis de su eficacia...?

—Estoy seguro de ella: apuradla.

—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola gota he dejado.

—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos ahora un momento.