—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien.

Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.

—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta, y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza.




CAPITULO XXI.


¿Cuyo es aquel caballo