Fatigados de la faena que la ignorancia de las llaves les acarreaba, y aun mas del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa de esperimentar una emocion tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavia, no pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la pieza en que á la sazon se hallaban. Perdian ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prision del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche anterior y á deshoras habia creido oir un laud débilmente pulsado, cosa que no le habia acaecido nunca desde su llegada al castillo; este dato convenia con la fecha de la prision de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salia el eco del pie de la torre. Esta advertencia solo podia animar á los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué hora podria ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se habia serenado; un viento fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision. Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un laud, que al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.

—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.

Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y de alli á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido acento una cantica, de la cual pudieron percibir los fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los pies de la torre por la honda zanja se desprendia.

¿Será que en mi muerte te goces, impía,

ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata?

¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata?

¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?

¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!

Mis tristes gemidos levántense al cielo,

pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo.