Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia celebrarse el santo sacrificio de la misa.

Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al lado, vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oidas.

Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda, labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.

Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas, y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages, caballeros y gentiles homes de su casa, vasallos suyos, vestidos todos de ceremonia y paz como su señor.

Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de reo.

Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate, que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.

Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimientos que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.

Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.

Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.

Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza si su campeon no venia?