—Tío mío, tengo que pedirle a usted un gran favor.
—¿Seré yo la séptima persona?
—Querido tío, ya me he quitado la máscara.
—Di el favor—y eché mano de la llave de mi gaveta.
—En el día no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en una palabra, tengo un compromiso. ¿Se acuerda usted de la repetición de Breguet, que me vio usted días pasados?
—Sí, que te había costado 250 pesos.
—No era mía.
—¡Ah!
—El marqués de *** acaba de llegar de París, quería mandarla a limpiar, y no conociendo a ningún relojero en Madrid, le prometí enviársela al mío.
—Sigue.