—Y sin embargo es preciso buscar un medio.

Quedóse un momento pensativo el conde como hombre que busca en su imaginación agotada algún arbitrio, ó que espera en la inacción que la casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente desesperado ya de encontrar.

Ferrus discurría en tanto más de prisa, y aun un buen fisonomista, al ver sus ojos inciertamente fijos en el conde y sus labios moverse por sí solos maquinalmente, hubiera conocido cuan importantes reflexiones ocupaban su cabeza, que era en realidad mejor y más firme de lo que á él le convenía aparentar. Bajo el velo de una lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaba vastos planes, que sin duda hubiera llegado á realizar si la educación ignorante que había recibido en la clase ínfima de la sociedad no le hubiera rodeado de preocupaciones y supersticiones vulgares, que continuamente se atravesaban como obstáculos insuperables en el camino de su ambición. En una palabra, no era el malvado bastante impío para las exigencias de su ambición. Ya hacía tiempo que varias conversaciones que había tenido con el conde le habían iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es de advertir que Villena, acostumbrado á no ver en Ferrus sino un juglar grosero é incapaz de planes para sí, lo tenía á su lado y en su favor con preferencia á cualquier otro: contaba con que era bueno para ejecutar, y á la par incapaz de penetrar los motivos de sus acciones, las cuales no siempre los tenían tan buenos que pudiese él gustar de que por el conducto de algún incauto ó taimado confidente llegase nunca el público á saberlos. Hacíase el conde además la doble ilusión tan común en los hombres, y especialmente en los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Así que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva de su confidente, contábale sin embargo sus cuitas y hablaba alto delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus más importantes secretos, con la misma tranquilidad con que deja un Moro sus pecados en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si quería Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas que á su entender había de aprovechar; pero soltábalas como ideas ocurridas al acaso sin plan ni conocimiento, y riéndose él primero de su supuesto desatino: tenía de este modo la habilidad de hacer que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que más de una vez le hacía él solo adoptar. Las más veces se contentaba con escuchar, afectando una completa inmovibilidad é indiferencia en sus facciones, actitud que le favorecía mucho para no perder una sola palabra; y en estas ocasiones se hubiera creído que don Enrique y su juglar eran un solo ente compuesto de dos personas: la una sublime é inteligente que debía discurrir, hablar y proponer, y la otra material y bruta encargada de escuchar.

En la circunstancia actual revolvía Ferrus aceleradamente en su imaginación las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le podrían resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de Villena era rico por sí, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de Villena le había privado de un sinnúmero de castillos y vasallos, y su condado de Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido á tener bajo su jurisdicción dos ó tres de los mejores montes de oso de toda España. Las posesiones que su mujer le había traído en dote eran pingües, mas nunca había querido contar con ellas como cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal con la de Albornoz, conocía que tarde ó temprano había de llegar entre ellos el punto de una eterna separación, y el caso por consiguiente de restituir lo que sólo en calidad de dote había recibido. Los maestres de las tres órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, eran entonces tres potentados á quienes sólo la corona faltaba para poderse llamar reyes. Una infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocían otro dueño, y su inclinación á cualquier partido hacía un contrapeso casi imposible de vencer por el mismo rey con todo su poder.

Todo esto sabía Ferrus, y bien se le alcanzaba que cuanto creciese en gloria su señor crecería él en poder, y aun ¿quién sabe si habría concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado algún día caballero, y verse alcaide de alguna fortaleza ó clavero de la orden, ó aun algo más si el viento le soplaba en popa como hasta la presente le había felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazón poner de su parte cuantos medios estuviesen á su alcance para derribar el obstáculo que la de Albornoz presentaba á su futura grandeza, sin hacer escrúpulo alguno hasta de perderla si fuese preciso recurrir á medios violentos, que al parecer no debía tener adoptados todavía su agitado esposo. Quiso sin embargo explorar el campo, y soltar alguna expresión por donde pudiera conocer la firmeza del terreno en que iba á aventurar su pie mal seguro.

—Es preciso buscar un medio, repitió don Enrique después de otra pausa de inútil reflexión.

—Si mi mujer, gran señor, se empeñara en estar casada conmigo á la fuerza, ó me fingiría impotente...

—¿Estás loco? ¿impotente?

—¿Crees, señor, que ella resistiría á esa prueba?... ó... hallaría algún medio para que se quitase ese obstáculo por el mismo término que se nos ha quitado el obstáculo del maestre...

—¿Qué quieres decir?... dijo espantado don Enrique.