—Sí, más cerca y más temible. Soy casado.
—Cierto que es mal enemigo la mujer propia...
—El instituto de la orden exige voto de castidad.
—También es mal enemigo ese voto.
—Tregua á las chanzas, Ferrus. No es el enemigo el voto, ni en eso pudiera yo pararme. ¿Pero cómo combinar ese voto con mi estado?
—No serás el primero que se haya divorciado; yo te citaré ejemplos...
—Ninguno ignoro, y el paso ya le he dado, pero inútilmente; he levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en el más raro desatino que se pudiera imaginar, ama á su marido y es constante.
—Con todo, es mujer.
—Desgraciadamente, como hay pocas.
—¿Es posible?