—En buen hora, Ferrus. Llégate más cerca y habla bajo. Conozco tu celo, y tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte recompensado más allá de tus esperanzas, y aun más allá de lo que tus méritos exigían.
—Estoy harto pagado con el honor de servirte, dijo el astuto juglar.
—Bien, dejemos lisonjas que tú no crees ni yo tampoco; toma esas monedas: cada cornado que aceptas debe pesar más que plomo en tu bolsillo si piensas faltarme algún día; del plomo sabría hacer oro si lo hubiese menester; pero también del oro sabré hacer fuego si tu conducta...
—Ofendes á Ferrus, señor.
—Quiero creerlo así: escucha, dame el pergamino que te he confiado. Bien. El maestre de Calatrava ha muerto: ésta es la nueva que aquí me dan.
—Dios le haya perdonado, y tenga su alma...
—Bien; ésas no son cuentas nuestras. Atiende primero, luego le encomendarás: en el estado en que está, puede esperar mucho tiempo; lo mismo es hoy que mañana. Nadie sabe en la corte todavía este importante suceso. El doncel favorito de Enrique III ha llegado á darme este aviso, y no ha descansado desde Calatrava hasta Madrid. Es preciso ser gran maestre de Calatrava antes que nadie piense en pretenderlo.
—Tendrás, señor, por enemigo á don Luis Guzmán, sobrino del muerto.
—Despreciable enemigo: otro tengo más cerca, Ferrus, y más temible.
—¿Más temible y más cerca?