—¡Maldita tenacidad! entró diciendo con voz iracunda el enojado conde sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden que de esperarle en su cámara le tenía anteriormente conferida. Mal conoce á don Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el camino de sus planes, añadió acercándose á la mesa; resiste, infeliz, resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique de Villena.

—Señor, perdonadme si os he ofendido, exclamó hincándose de hinojos el espantado Ferrus, é interpretando contra sí el sentido de las últimas palabras del conde, únicas que había oído distintamente. Perdonadme...

—¡Ah! ¿estás ahí? dijo Enrique volviendo en sí: ¿qué haces en esa postura, ¿rezas, insensato?

—Sí, gran señor, insensato, pero te juro que mi intención es buena.

—Alza, ¿has perdido el juicio? Bien que nunca le tuviste. Alza, miserable, ¿no sabrás distinguir jamás cuándo es ocasión de farsas, y cuándo no?

—Dios me perdone, dijo levantándose Ferrus; Dios me perdone mis muchos pecados. Dame tus órdenes, y te probará tu esclavo si desconoce la oportunidad de servirte.

—¿Estás solo?

—Solo, con mi miedo, iba á decir el intempestivo juglar, pero el gesto mal encarado de su amo le recordó lo que acababa de decirle en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas débiles. Solo, señor, pronunció titubeando. Jaime es el único que vela en la antecámara.

—Dale las señas de la habitación del caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava. Que llegue á ella, que dé tres golpes, y que pronuncie mi nombre en voz baja; nada más. Es señal convenida.

Salió Ferrus á obedecer la orden de su señor, y no tardó mucho en volver á entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comisión con el mismo celo de que tantas pruebas tenía dadas.