—Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien esos caracteres.

—Bien, paje, pero no hay necesidad de acercarse tanto: verdad es que son raros; imagino sin embargo, añadió el coplero afectando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir, imagino que ésos pueden ser versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni tú ni yo sabemos leer ni escribir, acaso maliciemos...

—¡Voto va! ¡no sabéis escribir! ¿Pues no hacéis vos trovas también?

—Cierto que hago trovas, y las canto, que es más; empero no las escribo.

—¿Eh? ¿no digo yo que ésos serán encantos?... Mirad, Ferrus, os quiero porque nos soléis hacer reir en el hogar con vuestras sandeces, quiero decir, con vuestras sales... yo os aconsejaría que imitarais mi ejemplo, y os vinierais...

—Eso no, señor paje; paso, paso, que antes me dejaré llevar de todos los espíritus que tengan el menor interés en especular con mis huesos, que abandonar á mi amo. Verdad es que no las tengo todas conmigo; pero todos los caballeros de la Tabla Redonda, incluso el rey Artus, que se volvió cuervo, ni los doce de Francia no me convencerán de que don Enrique de Villena es tonto, y si él sabe más que yo, quiero yo perderme cuando él se pierda...

—Á la buena de Dios, señor Ferrus; ¿mas no oí pasos?

—¡Santo cielo! exclamó Ferrus. ¡Ah! sí, es don Enrique; sí, será don Enrique; vete retirando... poco á poco... ¡Jaime! más despacio; pudiera ser que no fuese él...

Miraba atento Ferrus á la parte de donde provenía el rumor á tiempo que el paje, de suyo poco inclinado á esperar aventuras de ninguna especie, y menos de aquella á que él se figuraba pertenecer la que se presentaba, se había puesto ya en salvamento en la antecámara, donde le parecía que no estaba tan al alcance de los perniciosos efectos de las maléficas redomas que tanto temor le infundían. Santiguábase allí á su placer, y dábase prisa á besar una santa reliquia, que en el pecho para tales ocasiones llevaba con más fervor que besaría un enamorado la blanca mano de su Filis dejada al descuido entre las suyas.

Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que el ver alguna desmesurada fantasma ó ridículo endriago que viniese á pedirle cuentas de su mal pasada vida. Abrióse por fin una puerta tan secreta como la que en nuestro capítulo anterior hablando del salón dejamos descrita, y se presentó á los ojos del espantado confidente la persona del mismo don Enrique, á la cual daba cierto aire nada tranquilizador la escena que acababa recientemente de pasar entre él y su desdichada esposa, la de Albornoz.