—Si va á decir verdad, puedo jurar por el salto que dió el Cid sobre la puerta de Burgos estando un día á caballo, según nos cuentan...

—Adelante.

—Puedo jurar que no veo sino espíritus del otro mundo... y á cada paso se me antoja que me arrebatan por los aires...

—¡Eh! interrumpió Ferrus echando una mirada á todas partes. ¡Bah! niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre de más valor. ¡Qué valiente es uno, añadió para sí, cuando está con un cobarde!

—¿Niñerías? ¿os parece, señor Ferrus, que cuando las gentes han dado en hablar de la magia blanca ó negra, que ni aun eso quiero saber, de nuestro amo, no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir, como yo, algunas noches tabique por medio con nuestro señor conde, ya me darías noticias de las niñerías; y si no decidme, ¿con quién habla mi amo cuando no habla con nadie?

—Claro está, con nadie.

—Quiero decir cuando está solo.

—¿Y con quién puede hablar?

—¿Con quién ha de ser? con el diablo que me lleve: ello es que habla, y que á él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en claro trabajando y afanando sobre esos cacharros que llama crisoles y rodeado de llamas, y que anda un olor tal que, Dios me perdone, si se me pasa por la imaginación hacer conocimiento con el pomo de esencias de donde lo saca... Venid aquí, añadió el barbilampiño cogiendo de la mano inesperadamente á Ferrus, que se estremeció al sentirse tocado en tan crítica circunstancia; venid aquí, decidme qué significan esos garabatos que escribe sobre ese papel, y si no son signos diabólicos... ¡Mal año para mí! si quiero permanecer más tiempo al servicio del señor conde... no, sino estéme yo aquí y llévese el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni parte en los productos que sin duda le dará á nuestro amo por precio de la suya. Os digo que no se pasarán tres días sin que me torne al servicio de mi hermosa prima Elvira. Á lo menos allí no hay más hechizos que los de sus ojos.

—¡Tate! señor paje, ¿conque se os entiende también á vos de esotros hechizos?