—Si quieres que declare mi proyecto, necesito callar un momento y meditarlo.

—¡Mentecato! ¡necio de mí en creer que de esa cabeza pueda salir una sola idea luminosa!

—¡De esa cabeza! repitió por lo bajo Ferrus: ¡orgulloso conde! ¿quién sabe si de ella saldrá un día tu ruina? Y añadió en voz alta: Si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.

—¿Mío? ¡imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusión y de una quimérica esperanza: juglar, si me haces perder momentos preciosos, ¿qué castigo te sujetas á sufrir?

—La caída de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir; ¿te parece tan ligero? contestó Ferrus con serenidad.

Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al irritado conde. Bien, dijo, te doy permiso; una sola condición quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre á mi propio que pueda ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu entendimiento: ¿sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi honor? Respeta la primera en la víctima, y el segundo en tu amo; ¿te acomoda esta condición?

Una inclinación de cabeza manifestó el asentimiento del juglar.

—En buen hora: á Dios, dijo el conde levantándose, Ferrus: vida y honor; si infringes los tratados, tu sangre me responderá de tu malicia ó de tu ignorancia, y pagarás cara tu loca presunción: serás la primera víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser de la lista de los vivientes.

Otra inclinación de cabeza; su elocuente silencio y la resolución con que Ferrus salió de la cámara tranquilizaron algún tanto al inquieto Villena, si bien poco ó nada esperaba de la inventiva del juglar.

Volvióse á su sillón después de la marcha del confidente, ora calculando qué esperanzas podía fundar en su jactancia y seguridad, ora queriendo adivinar los proyectos del loco, ora disponiéndose en fin á otra entrevista que debía tener aquella noche misma con un personaje nuevo, que en el siguiente capítulo daremos á conocer á nuestros lectores; entrevista que él creía antes que todo, y antes que el descanso de sus miembros fatigados, necesaria al buen éxito de sus ambiciosas intrigas.