CAPÍTULO V
De un ardiente vencido,
Dice:—De cuatro elementos,
El fuego tengo en mi pecho,
El aire está en mis suspiros,
Toda el agua está en mis ojos,
Autores de mi castigo.
Romance del rey Rodrigo
Hacia otra parte del alcázar de Madrid, y en un aposento que á su llegada se había secretamente aderezado por las gentes de Villena, descansaba reclinado en un modesto lecho un caballero á quien no permitía cerrar los ojos al sueño un amargo pesar, de que eran claros indicios los hondos y frecuentes suspiros que del pecho lanzaba.
Algo apartado de él, aderezaba una ballesta con aquel silencio de deferencia propio de un inferior, y á la luz de una mortecina lámpara que sobre una mesa ardía, aquel mismo Hernando que tan intempestivamente había distraído de la caza al conde de Cangas y Tineo, según en el primer capítulo de nuestra verídica historia dejamos referido.
Á los pies de entrambos dormía un soberbio can, de la familia de los alanos; y su inquietud y sus sordos ó interrumpidos ronquidos, único rumor que en medio del profundo silencio variaba la monotonía de los suspiros de su amo, daban lugar á sospechar que soñaba acaso hallarse en persecución de algún azorado jabalí en medio del monte enmarañado.
—Hernando, dijo por fin el angustiado caballero, mañana habremos de madrugar para partir con el alba; recógete y descansa.
—¿Y tú, señor? ¿no tañerás de acogida? respondió Hernando.
Debemos advertir para la más fácil inteligencia de nuestros diálogos sucesivos que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero él mismo, sólo vivía en la caza y en el monte, y así pensaba él en hablar otro lenguaje que el de la montería, como por los cerros de Úbeda. No conocía más amistad que la que con los venados del monte hacía tantos años tenía establecida, ni más amor que el de su fiel Brabonel: tal era el nombre del poderoso alano que á sus pies roncaba, al cual distinguía de todos los demás perros que á la sazón en la corte de don Enrique tenían nota de valientes, no sólo por su constancia en seguir y acosar días y noches enteras á la res, sino también por el conocimiento extremado con que buscaba la osera y escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese escondido. Pagábale en verdad el leal Brabonel con usura su marcada afición, y conocíase esto más que en nada en no querer recibir el alimento sino de la propia mano del laborioso montero. Sólo se le conocía á Hernando un flaco que contrapesaba casi siempre con ventaja el cariño que á su perro tenía; á saber, la fidelidad á su amo, único hombre á quien manifestaba respeto y deferencia, y para quien moderaba y suavizaba la condición agreste que en los bosques se había formado con no poco perjuicio de sus adelantos é intereses, pues solía responder á un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas como la ballesta que en la diestra llevaba las más horas del día, en muestra de su pasión montaraz. Con esta pequeña digresión, que en vista de su importancia nos perdonarán fácilmente nuestros lectores, estarán éstos más dispuestos á interpretar la técnica jerigonza con que entreveraba los más de sus discursos y conversaciones.