La pregunta que acababa Hernando de dar por respuesta al taciturno caballero no tardó en obtener una contestación aclaratoria de la situación del espíritu de aquel á quien se dirigía.

—Nunca, Hernando, nunca, repuso el atribulado señor, nunca encontrará el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el día partiremos de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero, queda concluida la comisión que á Madrid nos ha traído. Si tú supieras cuánto me pesa la atmósfera en la inmediación de...

Al llegar aquí detuvo la lengua el caballero como si hubiera temido haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su corazón pesaba.

—¿Y hemos de seguir atados á la traílla del conde? Por el soto de Manzanares te aseguro que no comprendo cómo un caballero que ha seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique puede vivir contento andando al monte del nigromante de...

—Silencio, Hernando; haces mal en ofender al conde de Cangas con esas voces que el vulgo ha adoptado, tal vez con sobrada ligereza. Verdad es que soy doncel de su alteza; empero aceptando el encargo del conde, aprovechaba el único medio que á la sazón tenía para desembarazarme de la confusión de la corte, que aborrezco.

—Sólo desde que levantaste la caza... porque antes la amabas como yo amo al monte.

—Como quieras: no por eso dejará de ser verdad que en el día la aborrezco. La muerte es la que me espera en la corte: una estrella fija que la acompaña siempre, y que luce en medio de ella como Venus entre los demás planetas, deslumbra mis débiles ojos... La afición que desgraciadamente me ha tomado el rey no hubiera permitido que yo me separase con ningún pretexto de esa corte, donde he de encontrar mi perdición, á no haberle alegado su mismo tío el de Villena, á quien nada puede negar, la falta que de mí tenía. Supe que el conde necesitaba un emisario en Calatrava, fingí adaptar mi carácter al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que esta venida se mantuviese oculta á todo el mundo, y así lo he exigido de don Enrique, porque si el rey supiera mi estancia en su propio palacio, no me sería tan fácil volver al lugar apartado, donde la distancia de la causa de mis penas me pone á cubierto de los peligros que su inmediación me prepara.

—Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar. ¡Voto va! cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él, cada vez me interno más en la maleza, y ó perezco en la demanda, ó salgo con la res.

—Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y de todo el que tiene perros para levantarle.

—¿Tiene, pues, dueño el venado que has visto? Te asiste entonces sobrada razón. Nunca he metido mis sabuesos en monte ajeno ni vedado. Á quien Dios se le dió, san Pedro se le bendiga. Pero en justa compensación, ¡ay del que hiciera resonar una bocina en monte de mi señor! Mi fiel Brabonel, que duerme ahora descansadamente, y la punta de mi venablo le enseñarían la salida y le sabrían obligar á tañer de sencilla[20].