—Hernando, calla, calla por Dios y por Brabonel.
No sabía el tosco montero, poco cortesano, cuán adentro había entrado en el corazón de su señor su última alegoría, más despedazadora que el aguzado acero de su mismo venablo.
—Callaré; pero antes he de decir que el montero que pasa por monte vedado, si el diablo le tienta para escatimar el rastro, ha de apretar los ijares al caballo é irse á monte suyo. ¡Voto va! que hay venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido Hernando cuando ha oído esta tarde en medio del monte las bocinas de sus amigos, y cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que contentarse con sacar del bolsillo un inútil pergamino, y volverse como perro cobarde con las orejas agachadas y sin siquiera ladrar, por obedecer á su amo?
—Seguiré tu consejo, Hernando, repuso el caballero lanzando un suspiro, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo estaréme al alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y descansa.
No había acabado aún de hablar el resuelto caballero, cuando levantándose Brabonel sobre sus cuatro patas abrió una boca disforme, lamióse los labios, agitó la cola y sacudiendo las orejas acercóse á pasos lentos y mesurados á la puerta, como dando muestras de oir algún rumor que reclamaba su atención y vigilancia. No tardó mucho en romper á ladrar después de haber imitado un momento por lo bajo el sordo y lejano redoble de un tambor.
—Brabonel, dijo Hernando acercándose y dándole una palmada en el lomo, vamos, ¿qué inquietud es ésa? No estamos en el encinar. ¡Vamos, silencio!
Lamió las manos de Hernando el animal, más tranquilo ya con el tono seguro y reposado de su amo, y de allí á poco tres golpecitos iguales y misteriosos sonaron en la puerta, que Hernando se acercó á abrir, preguntando antes quién á semejante deshora venía á turbar el reposo de los caballeros que habitaban aquella parte del alcázar.
Don Enrique de Villena, respondió en tono algo bajo una voz mal segura que delataba la corta edad del que la emitía.
—Abre, Hernando; es la señal, dijo en oyéndola el caballero, y se levantó del lecho donde yacía vestido; abre y retírate. ¡Lléveme el diablo si no quiero reconocer esta voz, y si comprendo por qué es éste el emisario de don Enrique!
Abrió Hernando la puerta, y Jaime el pajecillo, á quien enviaba el conde de Cangas y Tineo, entró en el aposento, manifestando bien á las claras cuánto gusto tenía en poner término al miedo que se había acrecentado en él al recorrer las escaleras oscuras y largos corredores poco alumbrados del espacioso alcázar de Madrid.