Retiróse Hernando obediente á las indicaciones de su señor, y con él el terrible alano, á cuya vista se había detenido algún tanto el azorado paje en el dintel de la puerta. No bien hubieron desaparecido los dos importunos testigos, cuando alzando la cabeza el caballero y alzándola el paje, entrambos á dos quedaron inmóviles dudando aún de la identidad de la persona que cada uno de ellos en frente de sí veía. Revolvía el primero en su cabeza mil ideas encontradas: dudaba si sería aquél el emisario de don Enrique, y reflexionaba si podría haber dado la señal convenida, sin saberla, por una casualidad posible, si bien no probable. En este último caso pesábale de que aquél más que otro supiese su repentina llegada.

El paje fué el primero que volvió del estupor en que su agradable sorpresa le había puesto, y arrojándose casi en brazos de su interlocutor: ¿Vos en Madrid? ¿sois vos, señor Macías? exclamó.

—¡Silencio! paje indiscreto, silencio, dijo el caballero, separándole con extraña frialdad, que cortó la manifestación de su alborozo; hay más gente que nosotros en el castillo, y las paredes oyen, y oyen más que las mujeres.

—¡Ah! perdonad, señor... señor Ma... no os sé llamar de otra manera; como me daba tanto gozo pronunciar vuestro nombre, no creí que podría ser malo... pero ya veo que habéis mudado de amigos, y no sois el que antes érais. Bien dice mi hermosa prima Elvira, que no hay afecto que dure, ni hombre constante... me voy, me voy.

—Detente, paje: has hablado demasiado para no hablar más. ¿Dice eso tu prima Elvira? ¿cuándo? ¿á quién lo dice? habla, repuso el caballero, á quien llamaremos por su nombre de aquí en adelante, supuesto que ya nos le ha revelado el imprudente paje: habla, repitió asiéndole fuertemente de un brazo, no pudiendo disimular la vibración de la cuerda principal de su corazón, herida fuertemente por el muchacho.

No sabía el paje si su antiguo amigo, como le había llamado, había perdido el juicio; mirábale de alto abajo, y sonriéndose por fin le contestó:

—Os preciáis de invencibles los caballeros, y ved aquí que una sola palabra de un pobre paje ha alterado toda la serenidad de un doncel tan cumplido como el trovador M... no tengáis miedo; no lo volveré á pronunciar. Pero veo en el calor con que habéis oído mis palabras, añadió maliciosamente, que tomáis todavía algún interés por vuestras antiguas conexiones.

—¿Te complaces en atormentarme, paje? ¿De parte de quién vienes? ¿qué te trae aquí? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto; nunca enviado alguno habrá logrado una recompensa más brillante.

—Os equivocáis. Guardad la recompensa para mejor ocasión.

—¡Cielos! exclamó Macías. Bien que... añadió para sí ¿no ignora mi venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envía el infierno para abrir mis heridas mal cicatrizadas?