—Bien podéis decir que me envía el infierno porque vengo de parte de su mayor amigo.
—¿Estás loco?
—Del nigromante. ¿No me entendéis?
—¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que corre de él y crece de día en día?...
—Buenas trazas lleva de querer destruirla, y ha alhajado su gabinete por estilo del de el físico de su alteza el judío Aben-Zarsal, y se andan á la magia de mancomún...
—¡Silencio otra vez! dejemos la magia, y el judío y el nigromante. Respóndeme, paje. ¿Y por qué te envía á ti don Enrique de Villena? No me había dicho que serías tú su emisario.
—Os lo diré si me soltáis este brazo, que me va doliendo más de lo que es menester: no os acordáis que tengo quince años. Si el brazo fuera de mi prima, no os distrajerais de esta manera.
—Basta; habla, pues, la verdad; con esa condición te suelto.
—Apuesto que me habéis hecho un cardenal.
—¿Quieres apurar mi paciencia, paje? Habla, ó te hago otro en el otro brazo.