—Piedad de mí, señor caballero. Pero no dudéis que me envía don Enrique. «Busca la habitación donde para el caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava», me dijo de su parte Ferrus, «llega á la puerta, da tres golpes, y pronuncia el nombre del señor de Villena».

—Bien lo sé; era la señal convenida para anunciarme que le esperase. ¿Pero eres por ventura de su familia?

—Sí soy; habéis de saber que don Enrique, estando un día con Fernán Pérez de Vadillo...

—¿Fernán Pérez?

—Sí, el marido de Elvira, á quien conocéis como á mí...

—Prosigue, paje, y no me irrites más con tus digresiones.

—Me vió en el cuarto de mi prima, y hube de agradarle: díjome que si quería servirle en clase de paje, y acepté á pesar de mi prima, que quería tenerme á su lado, porque como sólo conmigo podía hablar de... ¿queréis que lo diga?

—Acaba, paje del infierno.

—De vuestra señoría, añadió el paje malicioso quitándose una especie de berrete que en la cabeza traía, y haciendo una profunda cortesía.

—¿De mí? ¡ah! tiembla, Jaime, si te diviertes á mis expensas.