[20] Toque de los cazadores, cuando no encontraban venado y querían salir del monte.

CAPÍTULO VI

Calledes, conde, calledes.
Conde, no digáis vos tale.
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El conde desque esto oyera
Presto tal respuesta hace:
—Ruégote yo, caballero,
Que me quieras escuchare.

El conde Dirlos

Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, éste le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre que se reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una consideración. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardía en medio de los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en el caso de tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad, no se imagina de ninguna manera en posición de sostener de pie con él, sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes de nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto ó al menos creído ver cualquier observador que los hubiera acechado, por pocos progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano, posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazón, y la cara el traslado del alma.

Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y pequeños tenían una expresión particular de superioridad y predominio que avasallaba desde la primera vez á los más de los que con él hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían poco á aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con Ferrus, no estaba tan corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad en que vivía una porción de consideraciones, que su criado por el contrario atropellaba sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío para sus fines, y de don Enrique podemos por el contrario asegurar que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de carácter que corona las empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era ó no religioso: nos contentaremos con exponer á la vista del lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y él más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento ó una preocupación.

El interlocutor que enfrente tenía era un mancebo que en caso de duda hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación de los Árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador más inteligente hubiera leído también en su lánguido amartelamiento que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha, elevada y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial á su fisonomía; su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su estatura gallarda.

—Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena después de un breve espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo por la exactitud con que habéis cumplido la delicada comisión que en vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la corte noticia de la muerte del maestre.

—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento: en dos días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.

—Ninguna. Dadme vuestra palabra.