—De caballero os la doy.
—Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.
—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.
—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi carácter, disteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en Calatrava, me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso á los míos.
—Os juro que no tenía más plan que el de serviros.
—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...
—No os entiendo...
—No importa: si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio; tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.
—¿Vos, señor?
—¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?