—Deteneos, dijo Macías más sosegado asiéndole de la ropa al ver que se preparaba á salir del teatro de su confusión. Deteneos; puesto que habéis creído necesaria una explicación antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo á su clase le exponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas que acabáis de proferir. Sé cuánto debo al rango que ocupa don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á responder no sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfacción, en esto os la doy: si la queréis de otra especie, mi lanza y mi espada están siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la otorgo; vuestra protección no la necesito. Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de ocultarlos...
—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.
—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os prometo sin embargo, en consideración al nombre ilustre que lleváis, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré más uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el indispensable para salvar á la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar á la de Albornoz sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio contribuir á su ruina, hablaré. Á esto me obliga el ser caballero.
—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor; pero ¡temblad!...
—Permitidme, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra estancia, añadió Macías con respeto y mesura.
—No, estaos aquí; yo lo exijo; á Dios quedad.
—Ved, señor, que no es ésa la salida: por allí saldréis mejor.
—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato había equivocado la puerta interior con la exterior.
Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que sobre la mesa ardía, alumbrólo hasta que comenzó á bajar los escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse: «Á Dios, señor, y el cielo os prospere», dijo en voz alta el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus oídos dió indicios de que había sido oído su saludo y respondido entre dientes, acaso con alguna maldición, por el irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio tenía, y sobre todo la manera que debería observar para impedir los efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le había hecho el magnánimo doncel.
Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que había efectuado en su situación la escena en que acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de su corazón á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la cámara de Hernando, y llamóle en voz baja.