—¿Quién pregunta? dijo entre sueños el feliz montero: ¿tañen de andar al monte?

—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si nada hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja descansar á los caballos.

—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.

Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los proyectos que preparaba para el día siguiente pudiesen ser de pronta utilidad.

Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde encontró á su Ferrus. Allí trataron los dos, no ya de llevar á cabo su proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino con aquellas alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar á sus pérfidas intenciones. Después que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podría ser. Mas fué imposible saberlo jamás por su reloj de arena, pues con la agitación de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la cámara inmediata que tenía vistas al soto, y reconoció que debía haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los demás pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya á cerrar la ventana para realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos el lector que demos algún reposo á nuestro fatigado aliento.


CAPÍTULO VII

Ya se parte el pajecito,
Ya se parte, ya se va,
Llorando de los sus ojos
Que quería reventar.
Topara con la princesa;
Bien oiréis lo que dirá.

Rom. del conde Claros

Cuando don Enrique de Villena, volviendo silenciosamente la espalda á su esposa á la aparición de Elvira, que había acudido con tanta oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto había pasado, ésta empleó cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enajenación en que la había puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillón, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habían inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso había detenido ya el exceso del dolor; le aflojó el vestido con que tan inútilmente se había engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.