—¿Conque ha sido caballero?... interrumpió Elvira.
—Y de los mejores y más valientes de la corte de su alteza.
—¡Santo cielo! decía Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.
—¿Señas?
—Espera; dime primero, exclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te le ha dado, y dónde?
Comprendió el paje al momento la doble intención de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podía saber la llegada del doncel.
—Hoy, y en el alcázar.
—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero más vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraída y resignada.
—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, exclamó en su triunfo el paje victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero joven.
—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atención á la voz chillona y triunfante del mozalbete.