Acordóse de pronto el imprudente paje del especial encargo que de guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situación de su amigo se habían verificado, las cuales volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.
—No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.
Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de él más partido que una honrosa capitulación: lo más que pudo recabar de él fué que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejóselo el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiría vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida también trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.
Bajóse para esto á su habitación, que debajo de la condesa caía, después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del alcázar ocurriera.
Echóse después en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.
Revolvía una y mil veces en su cabeza las ideas del día, y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero agolpábanse todas á su imaginación ferviente: la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusión á esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre de mesas revueltas. Pero á proporción que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de escenas parecidas á las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un calenturiento que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones extraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.
CAPÍTULO VIII
Helo, helo por do viene
El infante vengador,
Caballero á la jineta,
En caballo corredor.
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Iba á buscar á don Cuadros
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El venablo le arrojó.
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Rom. del inf. vengador