—¿Quién es, repito, por las muelas de santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?
—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...
—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: más traza tenéis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...
—¡Voto va, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistís en faltar al respeto á... pero... oíd, añadió acercándose á su oído, ¿conocéis á Macías? miradle aquí.
—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patrón del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.
No pudo sufrir ya más tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hacia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándole entonces su rostro descubierto:
—¿Conocéisme, don Bellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habéis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?
Abría el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podía salir del alcázar un hombre que no había entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hacia atrás y descubriendo su cabeza, pidió mil excusas al doncel, y fué preciso que éste pusiera treguas también á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió, es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazón comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecución del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.
Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversación de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormía inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginación le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con sólo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecían dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendía del lecho, y la opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estación, la hacía aparecer un verdadero ser fantástico, como la hubiera soñado un amante deseoso de una ocasión.
Su seno y su respiración interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginación aun en el sueño.