Fuese casualidad, fuese porque era el que más había dormido, el paje fué el primero que á un extraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laúd suave y diestramente pulsado adquiría nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el paje entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representación ficticia y se creyó trasportado á algún sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él más temía. Había templado algún rato el músico, para llamar la atención, pero sin ser oído de nadie; y cuando el paje echó de ver la aventura, y cuando don Enrique había notado la música que le había obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, había cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie de provecho á que sin duda aspiraban:
En el almenado alcázar
Duerme Zaida sin cuidado.
Guarda, mora, que tus grillos
Te forja un conde cristiano.
Alza y parte, desdichada,
Primero que veas relumbrar su espada.
Vela, tú, si Zaida duerme,
Ó dulce señora mía.
¡Guar del conde que la acecha!
Que un caballero te avisa.
Alza y parte, desdichada,
Primero que veas relumbrar su espada.
Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fué cuando el paje, elevando la voz, llamó á la hermosa Elvira.
—¿Ois, discreta prima?
—¡Cielos! exclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿Á estas horas?...
—No he podido entender la letra...
—Oigamos, que prosigue.