—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hacia la parte precisamente del alcázar que habita...
—Seguid.
—Apreté los ijares al caballo: cuando llegué la música había cesado; pero un hombre que rodeaba el muro exterior, y que á la sazón se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...
—¡Vadillo!
—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.
—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿Era el músico?
—Sin duda, puesto que por allí otro alguno no se veía.
—¿Se defendió?
—Trató de defenderse, y trató de hablar; pero mi venablo no le dió todo el espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.
—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.