—Esa pregunta, señor...
—¡Oh! no, hacéis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden de caballería. ¿Á qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿Á qué hora habéis entrado?
—Podrían ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.
—¿Las cuatro? Á esa hora... ¿no habéis visto á la entrada á Ferrus?
—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que he visto.
—¿Peor? explicaos presto.
—Y peor lo que he oído.
—¿Habéis oído?
—Volvía, señor, de la batida, como me dejaste mandado, á la cabeza de los caballeros y monteros de tu casa: al llegar al alcázar, habíame adelantado algún tanto para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oir hacia cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laúd asaz bien templado.
—Seguid, Vadillo.