—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algún donaire, dijo el más atrevido de los caballeretes.
—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y acercándose á los principales personajes de aquella pequeña corte:—Su señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no parece; Ferrus tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.
Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer escudero.
—Dios nos dé su bendición, dijo en entrando, al comenzar este día, y se santiguó devotamente.
—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en las cortes se usa, la acción del valido. Bien venido sea el escudero de su señoría, exclamaron después.
—Bien venido, sí, y bien despierto: la trasnochada me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.
No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demás á un lado respetuosamente Fernán Pérez, y el conde, que le había visto antes que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales cortesanos, después de las ceremonias y fórmulas de uso.
—Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.
Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frío recibimiento del distraído conde de Cangas y Tineo.
—Y bien, Fernán Pérez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo que habéis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.