Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aproximada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.

—¿Has oído? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.

—¡Es Jaime! respondía Elvira; mas no, no suena nada, añadía después de un momento de inútil expectación.

—Ahora... ahora sí, exclamaba de allí á un rato la condesa.

—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...

—De muchacho.

—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetía Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.

—Sería algún criado que pasaba.

Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavía no se podía ver al que iba á entrar: parecía sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al paje, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira, unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.

Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinación natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullían en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de entrambas comprendido sin más verbal explicación.