Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.
—Bien veo, dijo pausadamente después de un momento, bien veo, doña María, que no esperáis á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente paje que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿Calláis? ¿me conserváis rencor aún por la escena de anoche?
Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvención, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenía efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenía. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.
—¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra?...
—Basta, doña María: ¿es posible que no acabéis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida; pero vengo á reclamar mi perdón. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación.
—¡Don Enrique! exclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podría creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogación de su señora.
—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentaréis brillante de galas y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?
—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algún día. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...
—¡María!
—Perdonadme: vos habéis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podría prestarle al león el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique; perdonémonos entrambos. Oíd empero. Si sólo intentáis divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.