Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz había pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiración, habían hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:
—Ved aquí la mía; el cielo sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el más insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba más fácilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más fácil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.
Repuesto don Enrique de su primera turbación, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras más tiernas fueron por él prodigadas, y las más vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho más que el hipócrita marido.
Poco tiempo podía hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiración de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubría su cabeza y rostro, á manera de los que usaban los almogávares, no permitían ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.
Suspensas quedaron á tan extraña aparición doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos allí por su orden, ó si tendrían ellas motivo para temer algún nuevo peligro.
—¡Vive Dios! exclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envía? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecía ser jefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demás con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.
—¡Don Enrique! exclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecía protegerla de todo extraño acometimiento.
—Traición, señora, gritó Elvira, traición: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hacia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de los fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecía.