—Seis enmascarados han robado á su esposa.
—¿Robado? ¿dónde?
—En su cámara misma.
—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaría la cabeza... explicaos.
—Nada hay más cierto, señor.
Aquí el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al rey cuanto en el alcázar corría acerca de tan extraño acontecimiento.
—Diego López de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso, el rey Enrique no desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su atrevimiento. Juro por las llagas de san Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.
Inclinó respetuosamente la cabeza Diego López de Stúñiga, y volvió á ocupar su lugar.
—Vos, Pero López de Ayala, tendréis entendido que quiero que se extienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no paguen mis reinos más monedas, á pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada. ¿Qué os parece, almirante?
—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresión del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien con eso contentáis á los pecheros y hombres de afán, también si los Moros vuelven á hacer entrada...