—No me lo digáis, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos Moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.
Calló el almirante, y alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaría en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar la vuelta á la cámara, cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha la tercera á los pies casi del trono:
—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragón, conde de Cangas y Tineo, rico-hombree de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparación.
—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.
Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamás las espaldas, y llegado á la puerta, entrad, dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique precedían. Don Enrique de Villena detrás con rostro á la par airado y pesaroso. Seguía á su lado su primer escudero, y detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían sobremanera las barras paralelas de Aragón. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después armados como su señor los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y asistentes.
—Oíd, oíd, oíd el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragón, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen gloriosa, viene á pedir justicia y reparación.
Respondido hablad tres veces también por el faraute de su alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relación de cómo le había sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo tiempo.