—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra expedición.

—No me levantaré, señor excelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero, oh dolor! gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una funesta catástrofe me pueden anunciar.

Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.

—¡Cielo santo! exclamó horrorizado el piadoso rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.

—He aquí, señor, exclamó sollozando el desdichado esposo: ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de mi desgracia!

—¿Qué decís? hablad, exclamó Enrique III.

—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas, había visto pasar á unos armados con un cadáver de una mujer, á su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor. Receláronse de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mía, para mi amargo desengaño.

—Pastor, llegad, dijo don Enrique: ¿vos habéis visto eso?

—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal paraje. Llevábanla sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los vi.

—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni formalidad alguna castigar al que como villano se portó.